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Dia 18 y 19. Koyasan, Kioto

Ayer tocaba visitar y dormir en un templo budista en Koyasan (el monte Koya). Para llegar allí hemos tenido que coger como 3 o 4 trenes, un tren cremallera (empinadísimo, que subía gran parte del monte) y un bus que nos dejaba cerca de los templos. Un total de casi 3 horas de viaje. Y en general, estos dos días no han salido demasiado bien con respecto a lo que esperábamos, por las circunstancias que ahora os explicaré.

En primer lugar, al llegar al templo nos atiende un monje, nos explica como va todo en general, esto es, los horarios, donde estan los baños y los aseos (todo público), y nuestra habitación. Esta es como la que vimos en el ryokan, solo que un poco (bastante) menos cuidada. Un tatami grandísimo, una habitación pequeñita al lado para sentarse con vistas al jardín interior del templo y poco más. En el centro una mesa con una caja redonda donde contenían galletas (muy ricas) y un termo con agua caliente para prepararse el té uno mismo.

Ya a estas horas nos perdimos una parte opcional, de meditación, que era justo a la hora que llegamos (16:30). Nos dimos con un canto en los dientes y poco más, mañana sería otro día.

A las 17:30 era la cena, donde te la traían a la habitación. Esta cena consistía en básicamente todo verduras y algo de fruta. Patri no pudo comer porque algunas cosas contenían gluten. Y estos monjes eran o blanco o negro, o bien su menú o te traías la comida (todo lo contrario al ryokan en Miyajima, que nos hicieron personalizado y con extremo cuidado). De todas formas, yo apenas comí, la comida no me gustaba casi nada. Para colmo, la fruta que pusieron no sabía a fruta! El racímo de uvas (6 uvas contadas) tenía buen aspecto, pero no sabía a uva! La piña igual, eso no era piña. Me tuve que comer el arroz que pusieron, que para colmo estaba soso. Patri como se aprovisionó en un mercado antes, pues tuvo mejor cena.

Acabada la cena, pedimos un servicio sin cargo extra que, de forma resumida, consiste en escribir (más bien calcar) letras japonesas mientras piensas en un deseo para que se haga realidad. Pues estuvimos como 1 hora y media escribiendo letras. Al principio relajaba, pero luego se hacia un poco cansino.

Después nos pusieron los futones y nos fuimos a descansar, ya que al día siguiente había que madrugar para la ceremonia de las 6:30. Aquí dormimos peor que en el ryokan, porque nos pusieron menos colchones finos en la parte de abajo del futón, por lo que estaba mucho más duro. Además hacía un frío que te morías. Las paredes de “cartón” dejaban pasar el frío como un huesped más de la habitación. Encima de estar en el monte y el frío que implica este, se puso a llover. Una noche de “ensueño”.

Nos despertamos temprano para prepararnos e ir a la ceremonia de la mañana. Había bastante gente extranjera (unas 15-20 personas). Nos sentamos en el templo y empezamos a escuchar a dos monjes recitando en el mismo tono una serie de palabras, frases, o lo que sea que decían. No podía faltar los instrumentos en semejante recital, una “cazuela” grande que le daban con un palo para hacerlo sonar, y unos platillos (estos solo al principio y al final). Y todo esto durante 25-30 minutos. Al principio interesante, pero luego perdía el interés. Ojo, no estoy metiéndome con su religión ni nada. Respeto su ritual, solo que no nos han explicado nada, ni que hacen, ni que dicen, ni porque tocan lo que tocan. Tampoco es plan de que un japonés le eche una mirada extraña casi obligando a Patri a participar en el ritual levantándose y echando una especie de cenizas en un cuenco grande con incienso quemándose, y luego venerarlo. Por tanto, tanto Patri como yo tenemos “atravesado” a este japonés.

Cuando terminamos, nos dirigimos a la habitación, pero aquí nos confundimos con los horarios y nos perdimos otro ritual, el del fuego, seguro que más interesante que el que presenciamos. Asi que mal pa nosotros. En ese momento desayunamos (un snicker de la mochila, porque lo que me pusieron vaya tela…) y nos fuimos del templo. Básicamente, con el frío que hacía, que no teníamos ropa de abrigo, y yo en pantalones cortos, decidimos finiquitar la excursión por Koyasan para volver a Kyoto. En general Koyasan no nos ha gustado demasiado (no se si se ha notado). El tiempo y el propio templo han sido factores importantes.

Al volver a Kyoto nos volvimos a pasar por la tienda de muñecas para hacer unas últimas compras. Por la tarde, y después de comer, no sabíamos que hacer por Kyoto. Visitar algún castillo era una opción. Pero dimos con el Kyoto International Manga Museum, justito al lado del hotel. Decidimos entrar y pasar allí alguna que otra hora y nos gustó bastante. En resumen, hay un montón de mangas para leer “by the face” de todas las épocas, como dibujan el manga por pasos, vídeos, promociones, algunos merchandisings, dibujos de maikos (aprendices para ser Geisha) hechos por más de 150 artistas, etc.

Personalmente Koyasan no lo volvería a repetir, demasiadas cosas malas se juntaron allí para no disfrutarlo. La parte final en Kyoto si nos gustó más, especialmente lo del museo del Manga, toda una sorpresa encontrarlo allí.


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